Cinismo Helicoidal

 


Miguel Peña G.

Es difícil volver a teclear cuando el silencio ha sido impuesto, no por falta de ideas, sino por el peso plúmbeo de la supervivencia en un país que castiga la verdad con el destierro o el calabozo. Hoy, tras un largo letargo obligado por las sombras de unas circunstancias políticas que todos conocemos y padecemos en la carne, esta columna regresa. Vuelve La Cuadratura Politika a reclamar su espacio habitual. Reaparece con la misma urgencia de siempre, impulsada por la necesidad visceral de confrontar, desde la palabra limpia y desnuda, ese perverso laberinto de espejos y mentiras con el que el régimen venezolano pretende seguir sepultando la tragedia silente de un país entero.

Cinismo en dosis letales

El cinismo rojo, azul, violeta ---ya no sabemos qué color usan-- ha alcanzado una dimensión grotesca, casi teatral, en los últimos cinco meses. Mientras los voceros se llenan la boca en el eco ensordecedor de sus narrativas, hilvanando discursos sobre supuestas "amnistías" masivas y gestos de una magnanimidad impostada que supuestamente "vaciarían las cárceles", la realidad ruge con otra fuerza. En la penumbra de los pasillos de los tribunales y en el frío de los centros de reclusión, se escribe una historia radicalmente distinta, una trenzada con los hilos de la crueldad y el frío cálculo político. El régimen jamás libera por justicia; administra los barrotes con la precisión de un carcelero que abre y cierra una válvula de escape para lavarse la cara ante la mirada vigilante del mundo. Es la macabra coreografía de la "puerta giratoria": unos pocos salen aliviados bajo cautelares, mientras el engranaje del terror se mantiene intacto y aceitado en el fondo.

Las cifras del Foro Penal son ráfagas de luz que desmantelan, de un solo plumazo, la cansina propaganda estatal. De aquellas grandilocuentes 300 liberaciones prometidas con bombos y platillos para mediados de mayo, la ONG apenas pudo registrar un goteo humillante y casi despectivo de menos de 50 excarcelaciones efectivas en los días subsiguientes. Hoy por hoy, se contabilizan más de 400 almas atrapadas bajo la etiqueta de presos políticos tras las rejas. Detrás de ese frío inventario numérico hay rostros ajados, hogares desmantelados y, lo más desgarrador, los numerosos reportes de prisioneros que languidecen en condiciones críticas de salud. Una indolencia criminal, negar la atención médica más elemental.

 Descaro infinito

En medio de este infinito teatro del absurdo, las recientes declaraciones de Jorge Arreaza en el ágora digital de sus redes sociales representan la graduación con honores en la escuela del descaro más absoluto. Tras el anuncio oficial del cierre del Helicoide —una decisión cosmética que llega con décadas de retraso para intentar tapar la mentira al secretario Marco Rubio. —, Arreaza se quejó públicamente de la "campaña feroz" que, según él, se ha cernido sobre este centro. Tildándolo despectivamente como "el peor centro de torturas desde la edad de piedra", se atrevió a reprochar con una frescura que hiela la sangre: "Se procede a cerrarlo... pero igualito hacen un escándalo. ¿Quién los entiende?". Hay que tener el alma hecha de cemento y olvido para trivializar de esa manera el sufrimiento humano. No, Arreaza, no es un "escándalo" caprichoso de la disidencia; es la indignación lógica y la náusea colectiva ante un traslado opaco de privados de libertad que solo busca borrar las huellas físicas de los tormentos, sepultar las pruebas de las violaciones a los derechos humanos y evadir el brazo largo de la justicia internacional.

 La mentira ha dejado de ser un recurso retórico para convertirse en la política pública por excelencia que emana de los pasillos de Miraflores. Nos arrullan con promesas de reconciliación nacional mientras los verdugos arrastran los pies para cumplir sus propias palabras de libertad, jugando despiadadamente con la desesperación y la fe marchita de madres, hermanas y esposas que esperan, bajo el sol inclemente, a las afueras de los penales de El Rodeo o Yare. Pretenden que nos sumemos al aplauso de una puesta en escena, que celebremos el desmantelamiento de un antro de dolor como si se tratara de una obra de beneficencia, pretendiendo borrar de un plumazo que fueron ellos mismos quienes diseñaron, construyeron y administraron ese infierno en la tierra. Mientras quede un solo venezolano privado de su aliento y su libertad por el simple y digno delito de disentir, la comodidad del silencio no será jamás una opción.



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